El día que Diana Flores cumplió 27 años se enteró que iba a quedarse ciega. Un fuerte dolor de cabeza y unos punzones en los ojos, aquel 10 de septiembre de 2015, hicieron de una consulta rutinaria el perverso obsequio de la desgracia. Usar lentes de forma perenne se convirtió en el diagnóstico más adverso de toda su vida. El día más luminoso se tornó el más oscuro.

Diana, sentada en la camilla de una clínica limeña, empezó a darse cuenta de la gravedad de su estado cuando el doctor empezó a arremeter con preguntas a su madre, como si ella estuviese ausente. Con quién vive, quién le prepara la comida, quién la atiende. Solo entonces, mientras su madre lloraba, Diana Flores —exprofesora de baile y madre de dos niños— empezó a ver con claridad: sus tropiezos con personas en la calle, vasos rotos, las invitaciones de baile que no distinguía en las discotecas. Hechos sin importancia hasta esa tarde.

Los exámenes arrojaron retinitis pigmentosa, una enfermedad hereditaria que ocasiona la pérdida gradual e irremediable de la visión, causada por lesiones en la retina.

—Su hija dejará de ver en unos meses — pronosticó el doctor con desatino.

Pero Diana aún ve. Casi dos años después, cada vez menos, pero ve. Lo suficiente para saludar. Diana distingue siluetas y manos a quince centímetros. Percibe sombras y luces. Pero desconoce hasta cuándo. La incertidumbre es su única certeza.

El goalball, la luz de la esperanza

Hasta el año pasado, la Selección peruana de goalball entrenaba en parques y losas de fulbito. Desde enero este polideportivo, construido hace tres años, en la primera cuadra de Guillermo Dansey, se ha convertido en el fortín donde entrenan tres veces por semana por las tardes. Cogidos por el hombro, en grupos de dos o tres, los jugadores suben las escaleras lentamente e ingresan a la cancha.

Concebido por el alemán Hans Lorenzen y el austriaco Seep Reindl, como parte de una terapia para rehabilitar a los soldados discapacitados durante la Segunda Guerra Mundial, el goalball es el único deporte paralímpico creado exclusivamente para ciegos o personas con discapacidad visual. Aunque abrió fuegos en los Juegos Paralímpicos, en 1976, en Toronto (Canadá), en el Perú hay rastros de profesionalidad en el goalball recién desde hace un año y medio, debido a la puesta en marcha de Maximus Project II, un trabajo de inclusión social operado por Fundación Arcángeles y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en seis países de Sudamérica (Colombia, Ecuador, Chile, Paraguay, Uruguay y Perú).

La Selección solo cuenta con un par de arcos oficiales, que se encuentran en la Villa Deportiva Nacional (Videna), pues allí se realizaría a mediados de mayo el II campamento internacional de Goalball de Maximus Project II. Perder la visión supone aprender recursos. Y el comando técnico va al mismo tono: tres de los diez balones donados por el proyecto y la Asociación Paralímpica están parchados con cinta adhesiva. Se reventaron hace semanas, pero como no se fabrican en el Perú y se importan de Alemania y Canadá, no le ponen peros al masking tape. Tampoco en Cajamarca, Arequipa y Chimbote, las otras ciudades donde se está sembrando el goalball. Allí entrenan con pelotas de básquetbol que envuelven con bolsas. A falta de cascabeles, plástico.

Luis Cabanillas y Jeannette Canahuire, los asistentes técnicos, empiezan a colocar cuerdas delgadísimas sobre las líneas del campo y sellarlas con cinta adhesiva. Las zonas: defensa, neutral, ataque y los laterales. Es una cancha en alto relieve para ubicarse con el tacto.

Rato después los jugadores forman dos filas para para practicar lanzamientos. Tiros muy débiles, otros muy fuertes y algunos bastante desviados. Todos se concentran, cogen el balón y lanzan con determinación. Pero no sabrán si anotaron hasta que Cabanillas diga gol. El éxtasis se reprime hasta la señal del árbitro.

Arranca el partido de práctica. Diana Flores —abdomen delgado, muslos firmes, cola de caballo— lidera uno de los equipos. Como jugadora central es un poco la estratega del juego. Lanza y da pases inesperados para confundir a los oponentes. No es un buen inicio para ella, sin embargo: falla tres tiros, y hace notar su fastidio, moviendo la boca, como si un chicle se le hubiera pegado.

—Para los médicos estoy ciega. Si veo es un milagro. Todos los exámenes lo dicen. Yo no debería ver nada, nada, nada.

Es la tarde del miércoles 17 de mayo, en casa de Diana Flores, en Villa María del Triunfo. Tres muebles rodean un pequeño espacio frente a un televisor sin señal. En el comedor, a un costado de la sala, cinco sillas de madera rodean una mesa circular donde un florero con rosas rojas oculta el rostro de Diana, quien habla moviendo las manos con rapidez.

En unas horas se integrará al campamento. Mientras tanto, espera que Alexander, su hijo mayor de once años, regrese del colegio. Diana fue profesora de baile durante cuatro años. Cuando la vista comenzó a fallarle, supo que era el momento del retiro.

Desde que le diagnosticaron retinitis pigmentosa en septiembre de 2015, empezó a ver con los colores de un televisor malogrado: el rojo era rosado; el celeste, blanco. Todo se fue despintando paulatinamente. Se enteró que también sufría de cataratas. Los médicos le dijeron que si se operaba su visión mejoraría en un 10 o 15%, pero correría un riesgo muy alto: sus retinas podrían desprenderse en cualquier momento. De la intervención podría salir completamente ciega.

Diana arriesgó, y la operación fue un éxito.

En unos meses, se someterá a otra intervención para ganar un 10% más de visión. Las operaciones no aseguran nada, pero simbolizan la resistencia a no dejar de ver más. Son puntos de luz.

Un muchacho robusto irrumpe en la sala. Diana siente sus pasos y voltea. Le acaricia el rostro.

—Él es mi gordo.

Alexander se enteró de la discapacidad de su madre, pegando la oreja al cuarto de Diana, mientras ella le contaba su ceguera a su hermano. El niño entró en el cuarto, la abrazó y se echó a llorar. Es sobreprotector con ella, desde entonces. La toma del brazo al bajar de las escaleras, y le avisa si hay algún bache en la calle o si alguien le hace señas.

—No voy a saber cómo crecerán mis hijos. Me quedaré con sus caritas de estas edades. Esa es una de las cosas que más me duele —lamenta Diana. El recuerdo de Dominic, su otro hijo, será más difuso: tiene apenas cuatro años.

Ha sido el deporte el mejor balcón para divisar la vida. Desde hace dos años, Diana alterna el goalball con el atletismo. Y con mucha seriedad: ha ganado once de catorce carreras, y hace poco recibió una invitación para participar en noviembre de la Maratón de Nueva York.

Los 42 kilómetros que la separarán de la meta son una metáfora real de sus agallas.

Cuando llegue el día en que vea oscuro con los ojos abiertos dice que llorará mucho, se encerrará un par de semanas, pero luego seguirá adelante como en la pista. Tiene todo tan calculado que hasta piensa su porvenir con coquetería: no usará bastón.

—Una chica con bastón no es “nice” pues.

Su participación en el Campamento Internacional de Goalball

Silencio en la cancha de futsal del Centro de Alto Rendimiento en la Videna. La jugadora número 2 de Colombia, Andrea Jiménez, un ojo totalmente cerrado y el otro a medio abrir por su discapacidad, de espalda ancha y manos grandes, está a punto de tirar un high ball, un penal en este deporte. Sujeta la pelota con fuerza, un pie adelante y otro atrás. En el arco contrario, la jugadora número 1 de Perú, Diana Flores, con las piernas separadas, espera el pito del árbitro. No hay alientos de las tribunas y nadie grita nombres. Hay un silencio tenístico en este deporte. Si se rompe se pide a la persona callar o si se anotó un gol y alguien grita, se anula.

El partido no empezó de la mejor manera para Diana. Se desorientó en su primera jugada y la pelota se perdió por un costado. Luego lanzó muy despacio. Pero mejoró y anotó dos goles, el 3-2 y el 4-4 ante Colombia. Las tribunas solo pueden gritar la anotación después que el árbitro lo permita.

Diana y Andrea están frente a frente, sin verse. Solo esperan el pito del árbitro para lanzarse, en el caso de Diana, o tirar el balón con toda su fuerza, para Andrea. Toda la atención está puesta en ellas. Al lado de los arcos se ubican sus compañeras de equipo sin saber qué está pasando. En las tribunas, los integrantes del equipo masculino de Colombia, están de pie durante casi todo el encuentro, abrazados y hablando entre ellos al oído. Los peruanos, por su parte, están sentados y los que tienen visión baja, aprovechan su ventaja al servicio de los invidentes.

Dos madres del equipo peruano juntan las manos en señal de oración. Vamos Dianita, dicen susurrando. A su costado, un hombre relata el partido a cinco personas ciegas venidas desde Cajamarca, Piura y Ayacucho solo para el campamento y que el día anterior, el sábado, en las eliminatorias previas a la final de hoy, domingo 21 de mayo, integraron los combinados masculinos de Perú C y Perú D.

—La colombiana tiene la pelotaaa. Hay high ball a favor de Colombiaaa. Esperemos que falle —comenta el hombre alargando las vocales.

Andrea Jiménez sufre de uveítis severa, una enfermedad que genera la hinchazón e irritación de la úvea, capa media del ojo, lo cual conlleva indefectiblemente a la ceguera. Antes practicaba natación.

—El goalball lo llevo en las venas y no lo voy a cambiar. Me ha ayudado a superar mis miedos —me dirá después.

Andrea, aunque no lo sepa, ahora tiene a una decena de madres de familia en su contra. La presión en el ambiente surte efecto: la 2 de Colombia lanza, Diana detiene el balón con las piernas y la pelota se pierde por un costado. Blocked Out, dice el árbitro, y solo entonces, el público vuelve a existir.

Los esfuerzos de Diana, Hilaria y Ericka, las integrantes del equipo femenino de goalball Perú, no serán suficientes para superar el ataque rival. El partido terminará 6-4 a favor de Colombia. El árbitro da por concluido el encuentro. Las jugadoras se abrazan entre ellas, y luego buscan a sus pares colombianas. La escena se repetirá en todos los partidos.

 

Nota y fotografías cortesía de Revista Sudor

Historia de Mario Blanco

admin

Comentar

Comentario