Suenan cascabeles en el tercer piso del complejo deportivo Guillermo Dansey, en Malambito, peligroso barrio del Cercado de Lima. Enfrente del edificio, sobre una pared de poco más de un metro de ancho, el rostro de un hombre de cabello corto, ojos pequeños y cejas delineadas con una inscripción debajo pinta el panorama: Marito, tu batería la de Malambo, 1992 at 2012 (sic).

Sobre el lustroso piso de una cancha de futsal, quince jugadores, entre hombres y mujeres, muchos de ellos ciegos congénitos, demuestran tener una mejor visión de la vida, entrenando sus brazos, lanzando balones de un kilo 250 gramos (tres veces más pesados que una pelota de fútbol y cuatro veces más que una de vóley) hacia enormes arcos de techos enanos: nueve metros de ancho por metro 30 de alto. Cada balón tiene dos cascabeles adentro, y ocho agujeros (cuatro arriba y cuatro abajo) para liberar el sonido.

Es el goalball, deporte paralímpico traido a Perú por Maximus Project II, un proyecto de la Fundación Arcángeles en Colombia y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

Los solitarios se apoyan con un bastón. Los más experimentados se guían con las paredes. Algunos vienen desde sus casas, y otro tanto del colegio Luis Braille de Comas. Salvo por unos cuantos, el vestuario es aquí mismo, en unas bancas al lado de la cancha. Se confunden en un mismo espacio hombres corpulentos y adolescentes muy delgados en bividí, y mujeres en top. No hay pudor para sus ojos.

Los quince jugadores reciben una categoría de acuerdo a su discapacidad visual. B1 si no ven absolutamente nada, B2 si advierten movimientos a cinco centímetros, y B3 si reconocen movimientos a quince centímetros. El goalball es socialista sin ser demagógico: los iguala a todos. Los tres jugadores por equipo deben colocarse obligatoriamente cobertores de ojos.

La práctica inicia con un calentamiento de polichinelas y abdominales. Luego con lanzamientos de un lado a otro, atrapando balones imaginarios. Mientras el entrenador Daniel Aparicio, terapista físico con una especialización en personas con discapacidad en Alemania, hace sonar el pito constantemente para dar sus indicaciones, sus asistentes técnicos amarran sillas con unas soguillas para simular la longitud de los arcos.

La Selección solo cuenta con un par de arcos oficiales, que se encuentran en la Villa Deportiva Nacional (Videna), pues allí se realizaría a mediados de mayo el II campamento internacional de Goalball de Maximus Project II. Perder la visión supone aprender recursos. Y el comando técnico va al mismo tono: tres de los diez balones donados por el proyecto y la Asociación Paralímpica están parchados con cinta adhesiva. Se reventaron hace semanas, pero como no se fabrican en el Perú y se importan de Alemania y Canadá, no le ponen peros al masking tape. Tampoco en Cajamarca, Arequipa y Chimbote, las otras ciudades donde se está sembrando el goalball. Allí entrenan con pelotas de básquetbol que envuelven con bolsas. A falta de cascabeles, plástico.

Luis Cabanillas y Jeannette Canahuire, los asistentes técnicos, empiezan a colocar cuerdas delgadísimas sobre las líneas del campo y sellarlas con cinta adhesiva. Las zonas: defensa, neutral, ataque y los laterales. Es una cancha en alto relieve para ubicarse con el tacto.

Rato después los jugadores forman dos filas para para practicar lanzamientos. Tiros muy débiles, otros muy fuertes y algunos bastante desviados. Todos se concentran, cogen el balón y lanzan con determinación. Pero no sabrán si anotaron hasta que Cabanillas diga gol. El éxtasis se reprime hasta la señal del árbitro.

En el otro equipo, un jovencito de hombros caídos, flaco como un fideo, y con cabello rebelde que acomoda al lado izquierdo, destaca con nitidez. Se llama Juan Julca y posee un ataque demoledor. Tres goles en tres intentos. El muchacho se agacha a media altura para lanzar o se da media vuelta y arroja el balón como en un juego de bolos que pasa limpio sin rozar a nadie.

En octubre pasado hubo un campamento en Quito, donde Brasil participó con su equipo juvenil. Como sucede en casi todos los deportes arrasó. Perú se ubicó quinto de seis.

—Vi su potencia, su fuerza y su técnica y me convencí de que quiero eso para mi equipo. Con esa experiencia yo les exijo —cuenta el entrenador Daniel Aparicio.

Cinco meses después, en marzo de este año, el plantel compitió en los IV Juegos ParaPanamericanos Juveniles en Sao Paulo. También quedaron quintos de seis.

El campamento, como el masking tape, les servirá para saber en dónde están parados.

En la rama masculina, Perú presentó cuatro equipos: A, B, C Y D. El A y B clasificaron a las semifinales siendo eliminados por Colombia y Ecuador, respectivamente. Perú A fue liderado por Juan Julca, el muchacho de 16 años de potente disparo. En ese partido, Juan hizo temblar las piernas de los defensores colombianos solo una vez. Su madre, quien llegó desde Amazonas, solo para verlo, no puede creer que su pequeño Juan, ese niño tímido y parco que la abrazaba para esconderse del mundo, lance tan fuerte.

La disciplina de un gran deportista

Para llegar hasta la casa de Juan Julca, en Puente Piedra, hay que recorrer más de diez minutos en una minivan por un camino empinado cuesta arriba y serpenteante. En cada curva, que son catorce, el chofer del vehículo disminuye la velocidad. El peligro es obvio. Las minivans pasan por la Asociación Fernando Belaunde Terry hasta las 11 de la noche, hora en la que el barrio queda en tinieblas.

El muchacho abre la puerta rosada de su casa amarilla. Vino desde Amazonas hace dos años, pues en su ciudad no había colegios especializados para personas con discapacidad visual. Julca padece de cataratas congénita, ocasionándole una pérdida de transparencia del cristalino y, por lo tanto, pérdida de enfoque en la retina.

—Antes no practicaba deportes. Tenía miedo. En mi colegio practico judo, pero solo lo hago por la nota. El goalball es distinto. Me gusta mucho.

En su rutina lleva impregnada la disciplina de un deportista: sale de su casa a las 5:30 de la mañana para llegar a su colegio en el Cercado de Lima quince minutos antes de las ocho. Estudia hasta las tres de la tarde, y los martes y jueves entrena de 3 a 5.

Cada vez que Juan se esmera en hablar de algo, acelera la voz. Lo dice rápido. Con emoción. Ahora me comenta lo mucho que le gusta investigar sobre ciencia. Hace poco descubrió que cabe la posibilidad de viajar al futuro.

—Hay una hipótesis que dice que cuando dos gemelos nacen, a uno de ellos lo pueden enviar a viajar al espacio en una nave a la velocidad de la luz. Cuando el gemelo que viajó regresa a la Tierra, se da cuenta de que su hermano es mayor que él.

Juan encontró esta teoría en Internet. No lo sabe, pero le pertenece a Albert Einstein.

—¿Tú crees que se pueda viajar al futuro? —pregunto.

Mueve la cabeza de arriba abajo.

 

 

Nota y fotografías cortesía de Revista Sudor

Historia de Mario Blanco

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